(Fragmento)

En la esquina de Líbano con la calle 69, sobresalía la casa del japonés Shigeky Tatekawa. Nunca conté las puertas pero debían ser más de cinco o seis, incluyendo la del garaje donde jamás vi entrar carro alguno pues su destino era superior: peluquería para caballeros. Sin nombre. Uno solamente decía: voy para donde Lucho y con eso bastaba. Manuel era su hermano pero la tijera mayor le pertenecía al otro.

A mi hermano y a mí nunca nos cobraba, a pesar de que yo le pedía siempre una dosis adicional de Menticol o de Bayrum (ya olvidé las letras de esa loción que era para mí como un perfume francés). Pero lo mejor no era sentarse en esos sillones altos, tapizados en cuero y con una lengüeta larga que rozaba el suelo y que les servía para afilar una navaja de dos cuerpos con la que nos rasuraban las patillas y perfeccionaban el corte en la nuca, sino tener la oportunidad única de leer Bohemia y Carteles, las mejores revistas cubanas del momento, prohibidas por mi madre porque ustedes no tienen por qué estar viendo esas porquerías, eso nos decía, pero podía más la curiosidad y fue así como conocí a Marilyn Monroe y ya nunca la olvidaría. Porque estaba desnuda. Me empezaron a temblar las manos por aquello del pecado, del infierno, pero lo que yo sentía era una como una fuga de agua que me refrescaba por dentro y me llenaba de felicidad. Pero eso no se lo contaba a mi madre. Ni a mi hermano. Lucho decía que las mirara rápido porque de pronto lo regañaban. Pero yo empezaba con Bohemia y seguía con Carteles aunque ya hubieran acabado de peluquearme y yo me hacía el que estaba esperando a alguien y no me iba sin terminar de ver todas esas inmundicias que tanto me gustaban. ¿Cuándo podré ir a Cuba?, me preguntaba en silencio sin atreverme a compartir mis inquietudes con mi hermano mayor o con los amigos del colegio. Parecía una palabra prohibida. Aunque fue peor cuando oí hablar de la Tongolele. Pero no quiero adelantarme.

Les decía que Lucho no nos cobraba, lo que sí hacía el señor Tatekawa pues era el dueño de la casa y mi padre le pagaba el alquiler cumplidamente el primer día de cada mes que era cuando lo veíamos llegar con sus ojos rasgados, su piel blanca como las de las muñecas de porcelana, siempre encorvado como si temiera hablar o mirarnos a la cara. Yo no sé dónde vivía pero mi madre nos decía que era rico y todo lo demás aunque no fuera socio del Country porque no daba para tanto. Fue entonces cuando se me metió en la cabeza que yo quería vivir cerca del Country, aunque no pudiera entrar, solo verlo.

Pero Líbano, la avenida o carrera donde vivíamos, que empezaba en el estadio de fútbol Romelio Martínez y terminaba ahogándose en los caños del mercado después de dejar atrás el Paseo Bolívar, quedaba muy lejos de El Prado, ese barrio elegante, de casas inmensas, con el club en la mitad, construido por un señor con nombre extranjero y tal, Karl Parrish, que había llegado de Iowa con ganas de hacer cosas grandes.

Por el momento tuve que contentarme con la esquina de Líbano con la 69, donde empiezan mis recuerdos más antiguos, al menos los que aún conservo, los que quiero resguardar ahora con estas palabras para que nunca los arrastre el viento implacable del olvido.

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