(Fragmento)

Soy poeta. Y aunque algunos piensen que vivo en las nebulosas (al cuarto piso no baja nada del cielo), tengo que contradecirlos porque yo fui el primero en notar los malos presagios de lo que se nos avecinaba.

El primero (me refiero a los presagios) fue el ruido que percibí una noche, como el de un barco despedazado por las rocas, no duró mucho pero fue suficiente para que me desvelara imaginando las posibles causas de su origen. No pude identificar de dónde venía, mucho menos qué lo producía. Pero era perturbador, como si algo o alguien quisieran advertirnos o adelantarse a los acontecimientos.

Me levanté muy temprano, recorrí metro a metro todos los espacios (no son muchos) de mi apartamento, desperté cortinas y abrí ventanas, pero no encontré fisuras ni grietas en las paredes, el agua corría generosa y la energía no había perdido nada de su potencia. En la calle el mismo amanecer opaco de los meses invernales, los madrugadores corriendo hacia la nada y el vendedor de café que todos los días sube hasta el cuarto piso para dejarme el desayuno. Porque yo no cocino.

Les decía que soy poeta (sin premio alguno todavía) pero sin patrocinio.  No como el que dan a los ciclistas o a los equipos de fútbol, ni más faltaba, me refiero al apoyo editorial o al de algún amigo o conocido que se arriesgue a publicar mis versos. Por eso voy a aprovechar este relato, ustedes sabrán perdonarme, para dejar caer aquí y allá una que otra referencia poética. No añadirán nada emocionante a la historia, de manera que pueden pasarlas por alto, ignorarlas o, simplemente, poner en el margen un signo de interrogación. Quedarán como viñetas y me acompañarán en las miles de preguntas que me hago todos los días. Todas sin respuesta. Pero si algún poema les gusta, pues me avisan y yo voy armando una pequeña muestra, cómo diría, una pequeña carga (no necesariamente de profundidad) y la dejamos caer en alguna editorial, como quien no quiere la cosa, por si acaso.

Les contaba que todas las mañanas me suben el desayuno. El portero permite que el vendedor lo deje en mi puerta, a veces con el periódico (van de para atrás, los periódicos, digo), recoge sus monedas y ya está.

El portero asegura que no oyó nada anoche. Le he dicho que revise bien la entrada principal, la reja que protege el jardín, la farola envejecida, los aleros, en alguna parte tiene que haber alguna señal que me confirme que el estropicio de anoche no fue producto de mi invención sino una realidad, dura realidad (perdón por el pleonasmo) pues algo grave avanza hacia nosotros, ya dio el primer zarpazo, el segundo puede ser mortal.

Son delirios propios de poetas, barbulló, como si hubiera leído mis versos (¡cuánto se lo agradezco!).

Le llegó esta carta, me dijo, mientras me alargaba un sobre tamaño oficio, lleno de sellos extraños, como las citaciones oficiales, pero no tenía tiempo para leer correspondencia y por eso le pedí que me lo guardara. Luego lo recogería. No podía sobreponerme todavía al susto de la noche anterior.

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